sábado, 23 de septiembre de 2017

LYNN CANYON Y EL SEABUS DEL DIABLO























“Este LONG WEEKEND (con el Victoria (su reina!) Day en lunes) la gente de Vancouver se echa a la calle, jardines, parques, playas, todo estará superlleno, y no digamos los vuelos, el transporte. Ni una plaza libre desde hace tres meses”

Así me previene mi spanish amiga de la recepción. Para que no me lleve susto. Dice.
Quería ir al CAPILANO BRIDGE, pero no estoy dispuesta a pagar 32 $ para ver este puente colgante, que ya atravesé unos fabulosos en COSTA RICA. Nada, hoy será el LYNN CANYON, que allí también hay un puente colgante, aunque más corto, eso sí, pero gratis. La cascada y los senderos a través del bosque de pinos, sequoias… en este parque de 250 ha, acaban de convencerme.
Salgo pronto para intentar llegar antes de la marabunta, que eso del transporte público, tan ecológico, se hace interminable. Un autobús en el pink bus stop, el tren hasta la Waterfront y allí el SEABUS para atravesar el Burrad Inlet y desembarcar en Vancouver Norte.
¡Ay, el Seabus!
¡Maldito de los malditos!
Enganchada a eso de “bus”, creía yo, burra de mí, que tendría que coger uno enfrente de la estación del tren. Espero y espero. Nadie me entiende. Pasan mil buses por delante de mis narices y, ya muertita, me decido a entrar en uno y preguntar al chofer, que todo hay que decirlo son una raza aparte: lo más educado, servicial, informado que uno pueda imaginar. Comparo con mis paisanos…
El SEABUS resultó un FERRY de pasajeros que sale del interior de la estación del tren y va a LONDSDALE QUAY, donde tendría que coger el autobús 228 que me dejaría a la entrada del parque.
Cientos de personas abordando, sobre todo pandillas de jóvenes exultantes dispuestos a comerse el mundo. Gente y más gente aparece por todas las entradas, familias indias (de la India) de visita rezongando por no poder llegar a pie de puente en sus flamantes coches canadienses. Colas por todas partes…
El ECOLOGY CENTRE está cerrado.
Me reprogramo y espero sufrientemente. Entro en el puente, autopista de 8 carriles, cuando está pensado para ir de dos en dos, con el corazón en un puño. Balanceo. Gritos, empujones, sacaojos con los selfis y me aferro al cable esperando que pasen estos energúmenos de mi lado. De aquí no me muevo hasta que haya podido contemplar por los dos lados. Oídos sordos los míos.
El río se despeña por el cañón con una rabia incontenible, fauces espumosas, desafiando a los gigantes verdes que intentan aplastarlo por las dos orillas. Coníferas, maples, hemlocks, cottonwood gigantescos, aunque no los primitivos del cañón que fueron abatidos en su totalidad por las compañías madereras a finales del siglo XIX Este bosque húmedo templado se ha regenerado desde entonces Aun se pueden ver algunos tochos enormes aferrados a la tierra mudos testigos del espolio, de cuando se talaba a golpe de hacha
A pesar de los carteles omnipresentes, ya se han producido varios accidentes, gente que salta al río, gente que se descalabra al deslizarse a toda marcha por una pendiente embarrada de 30 mt. Trabajo para los servicios de rescate.




El termitero se va a la izquierda, todos juntitos para ver la cascada desde abajo como reza el cartel. Yo a la derecha. Los carteles informan cómo comportarse con los osos negros en caso de avistar uno; previenen del peligro de nadar fuera de las zonas habilitadas.
Sigo un sendero río abajo y me siento a escuchar el estruendo de las aguas enfurecidas en medio de los helechos gigantes. Nadie. ¡Nadie! Se diría que una hecatombe ha hecho desaparecer a la raza maldita y que me encuentro transportada a otro universo de ensueño.
El sendero se vuelve fangoso y de repente aparece un BOSQUE NUBOSO, sí, nuboso, como en Costa Rica, con sus líquenes balanceándose en medio de la niebla fantasmagórica. Nadie. Una encrucijada. Sigo un camino al azar, subiendo cientos de escaleras de troncos resbaladizos preguntándome como podré salir de ese laberinto.
¡Un ladrido! Una pareja con un perro suelto que me indican el camino para salir a la carretera si no quiero seguir hasta Vancouver West… Luego, caminaré dos o tres km por otro sendero hasta un aparcamiento, de donde tendré que bajar a pico hasta el fondo de la cascada y de allí al puente. Vale.

Se va haciendo tarde. Entro en el café del refugio y pido una POUTINE. Cojo agua y salgo disparada a buscar la parada del autobús de regreso al muelle.


Por suerte sólo hay dos personas, pero al instante aparecen gentes por todos los caminos con sus mochilones que, ¡oh milagro! se ponen en cola y suben tranquilamente.
La misma peregrinación para volver a casa, sólo que ahora estoy medio derrengada soñando con mi sopita caliente, que hace un frío que pela ahora a las cinco de la tarde.
Lo del CHINATOWN será para mañana.

FOTOS: Cortesía de GOOGLE

MOA (Museo de Antropología de Vancouver) PARA EL ALMA Y EL CHINO KENT’S PARA RECUPERAR FUERZAS

















“IF WE LOOK AT THE WORLD IN THE FORM OF A CIRCLE, LET US LOOK AT WHAT IS ON THE INSIDE OF THE CIRCLE AS EXPERIENCE, CULTURE AND KNOWLEDGE: LET US LOOK AT THIS AS THE PAST. WHAT IS OUTSIDE OF THE CIRCLE IS YET TO BE EXPERIENCED. BUT IN ORDER TO EXPAND THE CIRCLE WE MUST KNOW WHAT IS INSIDE THE CIRCLE. IT HAS BEEN THE ART THAT HAS BROUGHT US BACK TO OUR ROOTS. I AM PROUD TO BE ONE OF THOSE PEOPLE CHOSEN TO PUT THE PUZZLE BACK TOGETHER AND MOVE ON. THE CHALLENGE IS OURS TO KEEP EXPANDING THE CIRCLE.” — guud san glans (su nombre Haida), Robert Davidson (su nombre cristiano).

Lo transcribo tal cual, con toda su fuerza. Sus obras plasman fielmente su pensamiento.
A ROBERT DAVIDSON lo descubrí esta vez en Canadá junto con BILL REID, CHARLES EDENSHAW, DEMPSEY BOB e ISABEL RORICK entre otros artistas indígenas de diferentes naciones (indígenas de Canadá).
Hoy iré al campus de la UNIVERSIDAD DE COLUMBIA BRITANICA (UBC) por la mañana y volveré al centro, al CHINATOWN, para admirar el gigantesco mural de LAO TZU y comer en el KENT’S restaurant, que lleva quitando el hambre varias décadas a residentes del barrio y turistas avispados. 

Empiezo el día con un autobús en la Burrad St. que tarda mil años para llegar al campus de la CBU (Universidad de Columbia Británica). Es pronto por la mañana y los estudiantes, de todas razas y colores, se aprestan para asistir a las clases en las diferentes colleges. Por fin llego a la entrada del MOA, un edificio singular del arquitecto canadiense Arthur Erickson, frente a las montañas y al océano Pacifico.
Impresionante colección de artefactos de Extremo Oriente sobre todo, pero su exhibición de objetos arqueológicos y artefactos de las culturas indígenas del Northwest Pacific Coast está considerada una de las mejores del mundo..Todo está contextualizado de manera que uno no se siente amenazado por la ingente cantidad de materiales. Me sorprendió la existencia de enormes cajones de 10/15 cm, abiertos, con aderezos, trabajos delicadísimos de plumas…que invitaban a la libre exploración. Un pequeño auditorio pasaba videos en permanencia de diferentes actos culturales de los pueblos originarios.
Me informaron que el 21 de junio, DIA DEL ABORIGEN en Canadá, abrirían una nueva galería de arte indígena procedente de una donación: “NORTHWEST COAST MASTERWORKS”, con obras de BILL REID, CHARLES EDENSHAW, ROBERT DAVISON, ISABEL RORICK Y DEMSEY BOB.

También organizan un programa de verano para jóvenes indígenas urbanos de secundaria. Trabajan, ganan dinero y asisten a cursos relacionados con el arte y su cultura.
Canoas, baúles, tótems, mascaras, stools, arcos…todo pintado con colores y figuras simbólicas de la cultura HAIDA. Salgo al jardín donde han instalado varias cabañas tradicionales, la nieve brilla en las montañas y puedo sentir la presencia del océano mas allá de la muralla de arboles guardianes.
En el café anuncian comidas chinas, indias (de la India), junto con sándwiches y poutine. El “melting pot” es aquí una realidad, aunque, bien es verdad, que los PUEBLOS ORIGINARIOS como los llama el Gobierno han sido y continúan siendo maltratados, a pesar de que recientemente se celebre su cultura: la pobreza y frustración permanecen.
Hoy en día asistimos al despertar y rebelión de los pueblos indígenas que reclaman sus derechos, sus tierras, su dignidad y hasta los huesos de sus muertos de los museos para enterrarlos según la tradición. El camino será largo y accidentado, pero ya hay líderes preparados y empoderados para llevar a buen término la lucha. De nada sirve lamentarse, dicen.

Decido volver al centro. 








Este CHINATOWN me recuerda un poco al de San Francisco, pero sin su vida efervescente, aquí todo parece letárgico, al menos a esta primera hora de la tarde. El Centro Cultural Chino está cerrado a cal y canto. Paso el arco de entrada que construyeran en 2010 con tanto entusiasmo para darle mas carácter a su barrio, donde se refugiaraon los chinos traídos para trabajar en el ferrocarril y las minas.
Aquellos semiesclavos, despreciados, segregados, que no podían traer a sus familias, son hoy la primera y más poderosa comunidad de Vancouver: “el poder amarillo” como dicen algunos.
Tiendas y tiendas enormes llenas de sacos de los mil y un productos de China que apenas identifico: gambitas secas, pescaditos plateados aplastados, hongos de formas insospechadas, patas de gallo, vieiras secas, rábanos daikon…hojas, tallos, raíces de todo género. Y no hablemos de las carnicerías, que por allí, pasé en volandas ante tamaña exposición de muertos ensangrentados.
Las farmacias, con su reseco doctor incluido, me fascinaron aunque no me atreviera a consultar mis males.

Este CHINATOWN que naciera finales del siglo XIX, que luchó contra el CHINESE EXCLUSION ACT de 1923 que les prohibía la reagrupación familiar, que no les reconocía como ciudadanos canadienses, tuvo que esperar hasta 1947 para obtener la ciudadanía y el derecho a voto.
Pero sus cuitas no habían terminado.
En 1966 se opusieron firmemente a los planes del Gobierno para “desarrollar” el barrio y a la construcción de una autopista que lo destruiría.
Afortunadamente en 1971 lograron que fuera reconocido como barrio histórico de VANCOUVER y, por tanto, protegido, en teoría, de todas las maniobras de los buitres del desarrollo urbano.

Recorriendo sus calles se nota la pobreza, muchos locales comerciales cerrados, hoteluchos decrépitos, solares a la espera del mejor postor, edificios “patrimonio” que vivieron tiempos gloriosos. Pocos jóvenes, la población envejece y la renta per cápita no llega ni a la mitad de la media del estado, de la Brithish Columbia; mientras que el desempleo alcanza el 13,3 %, doble de la media.
¿Sera que el alma de los pioneros ha abandonado a sus gentes?
¿Sera, como dicen, que los “triunfadores” escapan del barrio y de su legado?
Sera.
Sin embargo todo no está perdido. Desde el año 2000 han surgido nuevas asociaciones, fundaciones y hasta departamentos del Gobierno se han implicado en la REVITALIZACION de CHINATOWN.
La CHINATOWN VISION es una de ellas creada con el objetivo de mejorar las condiciones de vida, las oportunidades de negocio, atraer al turismo, conservar los edificios-patrimonio, facilitar las comunicaciones, el transporte, redoblar la seguridad, conmemorar la historia china y chino-canadiense para no perder las raíces y, absolutamente imprescindible conectar con los jóvenes de la comunidad y promover el orgullo cultural.
La tarea aparece ingente y los agoreros dan por perdida la batalla.
Pero no, no nos rendiremos. Otras luchas más encarnizadas fueron ganadas por nuestros antepasados.



¡Esa será su fuerza!
Y dando vueltas y vueltas, aterrizo en frente de un restaurante popular atestado de gente, de chinos, buena señal: viejillos, parejas, hombres solos que llevan paquetes a casa y, otro turista 
Es el KENT ‘ RESTAURANT, popularísimo entre la gente local: barato, generoso y buena calidad, pero nada de decoraciones ni virguerías. Allí se va a comer, en el más puro sentido de la palabra. Hasta hay un calderón de sopa gratis que los viejillos visitan con fervor. La fuente de té también está a disposición, claro que no es el GON-FU CHA exquisito, para eso ya existen otros salones.



Quien no puede comer, al menos una vez al dia, con estos precios

Yo que no soy fan de la comida china, tal como se suele presentar (todo hay que decirlo), salí de allí arrastrando mis prejuicios hasta la calle Hastings East y allí sí que se me vino abajo ese mundo ideal, “la mejor ciudad del mundo para vivir”, VANCOUVER.
Decenas, por no decir cientos, de enganchados de todas las categorías: hombres y mujeres, de toda edad, sentados, despatarrados, roncando, gruñendo, riendo, peleando, vendiendo sus miserias. Un mercado al aire libre de drogas, personas y de los objetos más dispares de dudosa procedencia.
Afirman los investigadores de la FRASER UNIVERSITY que muchos proceden de otros pueblos, incluso de ciudades lejanas atraídos por los programas de rehabilitación de Vancouver como “AT HOME” que tuvo que ser suspendido en 2013 por falta de medios.






Hay que actuar, prevenir, con los jóvenes en riesgo en todas las zonas, en todos los pueblos y no esperar a que se conviertan en adultos irrecuperables.
“Un cuidado tardío, inadecuado, no es sostenible”. 

Llega un autobús, subo en medio de una banda exultante pinchados y tatuados por todas partes que se abre camino hacia la puerta delantera impelidos por un acre olor a cabra montesa sin ni siquiera mirar al conductor. La gente se aparta automáticamente con expresión inescrutable.
330 personas con problemas graves de drogadicción y locura por 100 000 habitantes, una de las más altas del país, y todos concentrados en esta área.
Bajan.
Yo sigo a mi destino refugiándome en la belleza de las canoas HAIDA de esta mañana en el MOA.

FOTOS: Cortesía de GOOGLE